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Fabián Coito y sus comienzos en ADIC: aquellas lágrimas que templaron el carácter

Fabián Coito y sus comienzos en ADIC: aquellas lágrimas que templaron el carácter
El sello del Colegio Maturana lo tiene grabado a fuego. Es representante de la exquisita cepa de futboleros que se formaron en las canchas del colegio, que aprendió en los Sabatinos del Padre Ellis, que creció rodeado del deporte como actividad de integración, formación y maduración para aquellos niños y adolescentes que corrían atrás de la pelota y cada día absorbían un montón de experiencias y enseñanzas. Fabián Coito concurrió al Maturana desde sus cuatro años hasta tercer año de liceo, el último que se podía cursar en ese momento en la institución. En 2005, luego de desarrollar su carrera de futbolista profesional por el mundo (Wanderers, Cerro, San Agustín de Perú, Osorno de Chile, Olimpia de Honduras y Central Español), volvió como entrenador de los equipos de fútbol de ADIC. “Cuando me dicen ADIC mi primer recuerdo se traslada a los sábados de tarde, en la época en la que íbamos a jugar partidos con unos nervios bárbaros, porque íbamos a enfrentar a rivales casi ‘enemigos’, otros casi ‘imposibles’ de ganarles, y porque en esa época nos dirigían los padres. Era artesanal. Y ese padre nos daba un pancho y una bebida como recompensa por el partido. Y volver a casa ese sábado de tarde y merendar con una torta que mi madre me preparaba porque había ido a jugar al fútbol en ADIC. Era algo sagrado todo eso”, recuerda 40 años después quien es entrenador de fútbol, reconocido por sus recientes logros como campeón Sudamericano con la selección sub 20 en el torneo de Ecuador en enero-febrero 2017. Por su aporte al fútbol juvenil, por su indisimulable costado paternal al servicio de la formación de los futuros jugadores uruguayos y por el camino que marcó en las selecciones uruguaya, a las que llegó en 2007, Coito fue designado por la Comisión Directiva presidida por Gustavo Forteza padrino de ADIC en 2016, como ejemplo para las nuevas generaciones de deportistas y entrenadores.   Aquellos años “Maturana siempre fue un colegio en el que por su estructura siempre estábamos jugando al fútbol, en los recreos, antes de entrar a clase, después, los sábados. Me encantaba el fútbol y jugaba en ADIC por sobre el baby fútbol, primero estaba el equipo del colegio después el resto”, explica quien es posterior a jugadores que también pasaron por el colegio y ADIC y marcaron historia, como Fernando Morena, Enzo Francescoli y Daniel Carreño, y un año menor que Diego Aguirre. Coito nació en 1967 y jugó en ADIC entre los primeros años de la década de 1970 y 1981, cuando dejó el colegio. “Los nervios que me generaba el partido del sábado en ADIC era una sensación que no me despertaba ninguna otra actividad de estudio o recreativa. Por esa razón tengo un recuerdo imborrable de todas las jornadas de ADIC, en las que siempre jugábamos de visitante porque no teníamos cancha. El rival con el que siempre estábamos al borde del lío era Pío y el difícil de ganarle fue La Mennais”. El técnico de aquella generación en la que jugaba Coito fue Carlos Maresca, quien entre 1994 y 1996 fue presidente de la AUF. “Pepe, el hijo de Maresca, era un año mayor, por eso nos dirigía él. Recuerdo que después de cada partido nos regalaba panchos y refrescos. Al margen de que no tenía título, ya era dirigente de fútbol, le gustaba el fútbol, un hombre de familia, que consideraba los valores importantes y siempre charlaba por qué podíamos llorar después de un partido, nos explicaba por qué podíamos sentir angustia por una derrota. Me pasó eso de llorar por perder partidos, pero la euforia por ganar no era proporcional. Lloraba porque perdía o porque empezaba a llover y se suspendía el partido. El día que llovía y estaba en casa, me cuestionaba: ‘¿Por qué me pasa a mí?’”. Aquellos recuerdos que marcaron la niñez y adolescencia perduraron el tiempo. Coito recuerda que en el año 2000 deja el fútbol y comienza a trabajar como entrenador en las juveniles de Central Español. Pocos años después, en 2004, se produjo un espacio y le ofrecieron el primer equipo que iba a jugar el Torneo Competencia, con la intención de promover los productos genuinos, que él mismo había formado. Su primer partido como entrenador de Primera se resolvió con triunfo. Esa tarde suena el teléfono de Coito, del otro lado Maresca con quien hacía años no se veía. “De pronto, sorprendido por toda la situación, por su llamada inesperada, me dice: ‘Renunciá, ándate que vas primero, porque el fútbol es muy duro, renunciá ya’. Esa anécdota pinta de cuerpo entero cómo vivíamos el fútbol en ADIC, con esa cuota de diversión y humor que le da un toque diferente y desdramatiza muchas situaciones”, recuerda Coito para este libro. Todo futbolista, sin importar la edad, pasa por momentos que lo marcan y hechos que quedan grabados a fuego. “¿Mis primeros zapatos de fútbol? Utilizaba zapatos que estaban al borde de los descartables, que eran de caucho y que te quemaban la planta del pie, los Goleadores, que eran tipo botita. También estaban los Seral (que son los que utilizó el día de la foto que acompaña este artículo), que eran combinado de tela y goma, que se rompían en la unión. Hasta que un día me trajeron unos Interminables de Argentina, en el que la suela se diferenciaba del zapato. ¡Pah… no te imaginás como los tenía! Los cuidaba como a ningún otro. Jugaba en el colegio y en baby en Juventud Maturana, que nada tenía que ver con el colegio. Eran negros con una franja blanca”, dice mientras sus ojos parecen iluminarse en tanto recuerdos e imágenes pasan por su cabeza. La camiseta de Maturana, blanca con las rayas finitas verticales azules y con el escudo en el corazón, era sagrada para Coito y sus compañeros. “Vestir la camiseta del colegio implicaba una gran responsabilidad, jugar en el equipo de fútbol era un prestigio, daba cierto estatus entre tus pares y estar ahí estaba bueno, porque estabas involucrados en la conversación de la semana, en el partido que se venía. Esos llantos de perder iban más allá de la bronca, porque jamás mis padres me preguntaron si ganaba o perdía, nunca fue una cuestión de decir que había perdido, sino del vínculo con el colegio y esa representación en la que perder era grave, porque el lunes tenías que volver al colegio”.   El deporte en ADIC “El deporte en Maturana fue fundamental para todos en algún momento de nuestras vidas, y actualmente sigue siendo igual. El deporte es formador, el chiquilín encuentra un espacio para expresarse que no es el aula, y es válido para que los alumnos se integren con sus compañeros y con el colegio”, comenta Coito sobre la experiencia que vive en el colegio al que regresó en 2005 como entrenador de fútbol. “A los chiquilines les digo que no abandonen la esencia de fondo que es pasarla bien, divertirse, jugar al fútbol, pasar una tarde de sábado divina y que cuando termina el partido, en el que intentamos siempre intentamos ganar, se queden con lo importante que es haber disfrutado con mis amigos y no se queden con el resultado. A veces, para un niño, el resultado es lo que va a revalidar en su entorno o a hundir, y no es así, aunque en el mundo del niño se pueda ver de esa forma. Por eso hoy, del otro lado, intento transmitir a ellos que procuren ser serios, ser amigos del amigo, y les transmito que en pocos días ya tendremos otro partido”, agrega. El deporte es una herramienta muy valiosa para la formación. “Los grupos humanos son cada vez más importante en el rendimiento de un equipo. Por esa razón busco en Maturana que tengan un espacio para que se expresen, para que se conozcan y compartan. Y ahí te das cuenta cómo vas conociendo a los chiquilines en un partido de fútbol, cuando tienen una respuesta agresiva, violenta. Esas son experiencias que compartís con el colegio. Si bien no estoy en un aula transmitiendo en la parte académica, también me siento parte integrante de los formadores del colegio y a partir del deporte buscamos generar buenos hábitos y que interpreten el deporte como parte de su formación, con el respeto como bandera fundamental. Respeto porque hay veces en que el entrenador es uno más. Cuando me dicen ‘Ñeri’, les digo: ‘No, no es así, hay un tema de respeto’”.   La anécdota “Dirigía un sábado de invierno, frío, gris. En una cancha que era en un descampado. Jugábamos contra Liceo Francés, éramos 13, ganábamos 2-1, no había realizado cambio y pensaba que si esos dos chiquilines volvían a su casa y no jugaban no sería un buen ejemplo. Recuerdo que estaban todos los padres amontonados debajo de un árbol y mandé a calentar a calentar a estos dos alumnos que jugaban poco. Fueron, vinieron y ya estaban. Quería hacer el tercer gol para tener un poco más de ventaja. No llegaba, entonces lo mando a la cancha. Entraron cuando faltaban 15 minutos, nos dan vuelta el partido y nos ganan 3-2. De pronto, por allá desde la multitud de padres una madre me grita: ‘Técnico, mire que para que jueguen todos están los cumpleaños’”, comenta Coito.