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Horacio Vilaró: ¿Vocación? Juez de fútbol

Horacio Vilaró: ¿Vocación? Juez de fútbol
Horacio Vilaró, Gerente General de Banco Itaú, escribió su historia en ADIC. Este fue el artículo publicado en el libro del 50° aniversario de la Asociación: A los 13, 14 o 15 años todos quieren jugar al fútbol en el grupo de amigos. Está en la genética del adolescente uruguayo, rasgo que se profundizó particularmente en aquellos años de la década de 1960, 1970 y 1980 cuando la tecnología aún no había invadido y diezmado las actividades al aire libre. Los más habilidosos se calzaban la 10, los menos dotados pero dueños de carácter como guerrero andaban entre el mediocampo y la defensa, los veloces jugaban como delanteros y los que no podían ganarse un lugar en el equipo, terminaban en el arco. Sin embargo, Horacio Vilaró rompió el molde. Mientras sus compañeros jugaban al fútbol, él arbitraba con autoridad y madurez impropia para la edad y protagonizaba un hecho que marcó la historia de ADIC, debido a que entre sus 16 y 21 años (entre 1975 y 1980) fue juez de fútbol de ADIC, donde descubrió su verdadera vocación. “Siempre que me preguntan, digo: ‘¿Vocación? Juez de fútbol’”, reflexiona quien es actualmente Gerente General de Banco Itaú Uruguay, institución a la que llegó en 1982, solo dos años después que dejó de dirigir en ADIC. “En aquellos años era clarísimo que mi vocación era el referato. ¿Sabías que fui a la Asociación Uruguaya de Fútbol a hacer el curso y me bocharon? Cuando pregunté por qué, me llamó Codesal padre, quien me recibió con la hoja en la que me había registrado y me señala un 16 encerrado en un círculo rojo, y me dice: ‘Sos muy chico, esperá, crecé, madurá un poquito y vas a poder hacerlo’. El mínimo era 18 años. Las oportunidades están cuando están, después la vida lleva por otras cosas, empecé la facultad y ya nunca más volví a la AUF, aunque fui un privilegiado que tuve la oportunidad de arbitrar en ADIC”, explica Vilaró, quien a sus 57 muestra con orgullo la foto de fines de la década de 1970, que acompaña este artículo, y en la que se lo ve formado previo a un partido junto a sus compañeros de terna. Vilaró empezó a dirigir en el patio del colegio, de su colegio Seminario. “Un día, como tantas veces, me quedé mirando un partido de básquetbol entre mayores, en el que habían cambiado tres veces de juez y aquello no lo arreglaba ni Cristo. Entonces dije si me podían dejar. No sabía las reglas de básquetbol, sólo las entendía de ver los partidos. Cobraba algo y había reglas que desconocía, pero escuchaba y decía: ‘Ahora está cobrado y sacan de allá. A partir de la próxima situación de juego aplicamos esa regla’. Así fue todo el partido. Lo que necesitaban era un conductor, alguien que pusiera orden, y en eso me manejaba bien. Fue en ese momento cuando me vio el cura Nin y me invitó a ser juez de ADIC. Se trataba de una actividad rentada. Recuerdo que mi primer trabajo fue de mandadero en la farmacia de la vuelta de casa, y a partir de ahí no dejé de trabajar. Esos ingresos en mi época de adolescente me permitían cierta independencia para salir los sábados de noche. Recuerdo que me presentó el ‘Gordo’ Cánepa para dirigir en ADIC, me probaron y quedé. En ese momento los jueces los designaba ADIC e íbamos a levantar las designaciones en Seminario”, rememora Vilaró. Aunque su vocación era ser juez, también jugó al fútbol en Seminario, donde se formó académicamente. Ingresó en el colegio en 1965 y durante esos años participó en las competencias de ADIC. En 1978 pasó a la facultad y durante dos años continuó con los estudios y su actividad como árbitro. “Aquellas competencias de ADIC fueron para nosotros, como alumnos, algo de enorme significado y alegría para todos los que estábamos en el colegio, porque nos daba la posibilidad de comenzar a jugar al fútbol con otras exigencias, ante otros equipos, además de salir, conocer y ver realidades diferentes. Esa época fue riquísima. En ese momento no existía la oferta deportiva que hay actualmente, el único ámbito en el que se podía competir sanamente era en esta actividad intercolegial de ADIC”, agrega. Recuerda Vilaró que con Seminario jugaban en Campo de Loyola y que actuaba en muchos puestos, “porque no era muy habilidoso. Generalmente iba a de lateral, pero me bastaba con integrar el equipo del colegio. Me encantaba”. Después de aquel partido de básquetbol que fue el disparador para todo lo que llegó después, aquella vocación de árbitro se fue reafirmando en el patio del colegio, cuando con 15 o 16 años lo invitaban a dirigir a sus compañeros y a los de generaciones mayores. “Eso era muy interesante, porque decían: ‘Qué hace este chiquilín’”, recuerda.   La primera vez   Su primer partido fue en La Mennais y recuerda que “se armó un lío con un delegado. Me empezaron a gritar cosas. Me escribieron algo en la puerta del vestuario. En ese momento me cuestionaba: ‘¡Arranco con esto en mi primer partido!’. Tuve que ir a declarar, incluso”. Sin embargo, rápidamente mostró su calidad y el reconocimiento por la forma en que realizaba su trabajo. No había beneficios para nadie. La justicia era una sola. “A Seminario alguna vez le dirigí, pero no me querían porque decían que era durísimo y que con el colegio me ponía más duro. Algunos todavía me lo recuerdan”, comenta y se ríe, mientras recuerda algunos de los mejores momentos de su carrera en ADIC, cumpliendo con su vocación de árbitro. “Sin falsa modestia era buen juez, porque me gustaba lo que hacía. Y eso se reflejaba en las responsabilidades que me daban, porque fui haciendo partidos más importantes y de chicos más grandes que yo todo el tiempo. Tenía 16 y dirigía a los de 18. ¡Sabés como disfrutaba aquello!”, subraya Su desarrollo en la facultad lo llevó a abandonar el arbitraje en ADIC a los 21 años. “Ya no tenía tiempo y ahí están las son opciones que toma uno. Luego me puse de novio, me casé”, manifiesta, quien confiesa que sigue yendo al fútbol y mirando el trabajo del árbitro por encima del fútbol.   El valor de ADIC   “A nivel personal, cuando me dicen ADIC, es inevitable sentir mi época de juez en la institución, mucho más que la de jugador. Y enseguida me viene el recuerdo del Padre Nin, que para nosotros en el Seminario fue un valorazo, un líder que estuvo siempre junto a nuestra generación y con quien compartimos muchos viajes, fue el padrino de Confirmación. Era una persona a la que le gustaba competir, era aguerrido, pero que también era en cierta forma ‘reo’ para ser un Cura, pero al mismo tiempo nunca perdía la línea, siempre decía que más allá del resultado lo importante era que jugáramos con las reglas y aprendiéramos a tolerarnos, a ganar y a perder”, recuerda Vilaró, integrante de una familia numerosa compuesta por 10 hermanos. ADIC marcó su vida y la de miles de jóvenes que crecieron con los valores del deporte y con la actividad sana que promueve. “ADIC fue un integrador. Fue valiosísimo lo que hizo y lo que hace. Con tropiezos y permanentes discusiones sobre la importancia de ganar y competir, acerca de cómo separar y formar niños y jóvenes en valores. Eso no se podía hacer de verdad si no había una competencia. La competencia estaba, existía, se realizaba con una enorme mayoría de gente de bien que buscaba educar y formar. Y todo eso plantó una semilla. Lo ‘profesionalizó’, le dio integración, infinidad de disciplinas que se fueron sumando y permitió competir en un ambiente sano”, subraya el actual gerente general de Banco Itaú Uruguay.   La anécdota, las mañas y el recuerdo   Cuando la charla con Vilaró alcanza el ítem anécdotas, dice: “Una piña que me comí, en un garrón en la cancha de Santa María, en Parque Champagnat. Hace poco, yendo para el estadio de Peñarol, pasé por allí, y me acordé de aquel momento en el que le saqué la tarjeta roja un jugador y cuando se la voy mostrando me encaja el garrón por abajo. No fue nada grave”. ¿Cómo se instruyó en el arbitraje cuando no le permitieron hacer el curso? “Hablaba mucho con otros jueces, leía y sabía al detalle el reglamento. Lo miraba todo el tiempo. Pero no era lo único: tampoco había uniforme para jueces. Recuerdo que para los primeros partidos que dirigí, me hice una tarjeta amarilla y una roja con cartón, luego conseguí tarjetas. Y además, porque no existía la indumentaria para árbitros en esa época. Hoy conseguís fácilmente, pero en ese momento no, así que fui a la Clínica de las Camisetas, en Rivera y Pablo de María, me mandé a hacer una camiseta negra con cuello y puños blancos. Utilizaba también un pantalón corto y medias negras”. ¿Cómo iba a los campos de deporte? Generalmente, con los equipos. “Recuerdo que la gente de San Juan Bautista muchas veces me llevaba, porque ellos salían cerca de Avenida Brasil y Cavia, pasaban por Soca, yo vivía en Soca y Charrúa, y me levantaban. Y si no había mucho lío, me traían”, cuenta y se ríe, en el momento que por su cabeza pasan infinidad de momentos inolvidables. “Actualmente todo el tiempo me encuentro con gente que me dice: ‘Vos me hiciste de juez’. Alguno me recuerda que no le cobré un penal, pero son esas vivencias inolvidables que quedan de esa etapa tan especial de la vida. Fueron años muy buenos. Y en cierta forma, aquello que aprendí en ADIC lo apliqué para el resto de mis actividades, porque en este trabajo muchas veces me encuentro arbitrando. En la posición de gerente general muchas veces estoy arbitrando entre posiciones y áreas”, finaliza.